“La muerte es esa pequeña jarra con flores pinatadas a mano
que hay en todas las casas, y que uno jamás se detiene a ver;
la muerte es ese amigo que aparece
en las fotografías de la familia, discretamente,
a un lado, y al que nadie acertó nunca a reconocer;
la muerte, en fin, es esa mancha en el muro
que una tarde hemos mirado, sin saberlo,
con un poco de terror.”
Eliseo Diego
No voy a mentirte, Katherine, el mundo siguió casi igual después de tu muerte. Aunque a mí no me lo pareciera, el otoño siguió siendo bello, y el invierno llegó tal como hubiera llegado si tú siguieras viva, ni más frío, ni más blanco. Tu muerte ocupó los principales noticieros durante unos cuantos días, y después de comentar fugazmente tu funesta suerte, el titular del noticiero nocturno, tan profesional como siempre, comentaba con la misma voz la grandiosa temporada que Adrian Peterson estaba dando con los Vikingos de Minnesota. Y yo seguí esperando. Esperando que vinieras, aunque muy en el fondo supiera lo poco probable que era que regresaras, aunque fuera solamente para derramarme el café.
Hace ya más de cien días que estás muerta. Ha sido tiempo suficiente para pasearme con pasmosa lentitud por la orilla del lago Nokomis, que ahora luce casi completamente congelado, para volver a aquel café donde te vi por última vez y darme cuenta que aquella mesa y sus dos sillas siguen exactamente iguales; tiempo suficiente para sentarme junto a tu insoportable silencio, para sentir el eco de tu muerte. Más de cien días para pensar, incluso, que simplemente te largaste a Buenos Aires como habías planeado, sin despedidas; más de cien días para perdonarte la osadía de haberte muerto a la mitad del otoño más bello que yo haya vivido; más de cien días en los que he tenido que tragarme tu muerte como he podido, a solas, con frío, con miedo; lidiando con ella como si fuera un incómodo inquilino. La escondí, la repasé, la deshice, la escribí, y al final, Katherine, al final tuve que quedarme con ella, y empaparme hasta el vómito con su hedor, y preguntarme, y preguntarle, ¿Qué se hace con la muerte de alguien? ¿Qué se hace con una muerte tan absurda, tan voraz, tan hija de puta?
Y es el tiempo nuevamente tan extraño, porque tu muerte parece tan lejana durante el día, y tan inmediata por las noches, cuando la escucho trepar por mi cama, paciente y sigilosa; y la siento lamerme las orejas, y la reconstruyo, Katherine, aun sabiendo que eso me hiere más, la reconstruyo una y otra vez; y te imagino con esa sonrisa diáfana y ese tono de voz inocente, con el cabello suelto y desordenado, emocionada tocando el timbre de esa casa desconocida, y luego, Katherine, luego hay un vacío que no puedo llenar, que ni siquiera imagino, una nada absoluta, hasta que te veo nuevamente, minutos después, en esa misma casa extraña, oscura, corriendo desesperada, bajando a tropezones las escaleras, llevándote una mano a la espalda y sintiendo la tibieza de tu propia sangre –la misma que días después encontraría la policía-, preguntándote qué sucedía, qué era ese dolor en tu costado, quién era ese hombre, preguntándote por qué todo se volvía difuso y silencioso; te imagino así, Katherine, con la mirada llena de miedo porque no comprendías qué pasaba, no entendías que ya llevabas una bala dentro y que se te iba la vida, que ese era el final de todo, no entendías cómo ni por qué; querías salir de aquella casa pero ya no tenías fuerzas, todo se desvanecía, y todo pasó tan rápido, Katherine, que quizá ni siquiera tuviste tiempo de entender que te morías, que no habría obra de teatro ese fin de semana, ni viaje a Buenos Aires en febrero, ni maestría, ni boda, ni hijos, ni nada.
Nada.
Más de cien días, Katherine, y yo me he convencido más de que la muerte debería ser voluntaria, que cada quien debería elegir el lugar y el momento preciso para abandonar este mundo, que a los gobiernos les ahorraría indemnizaciones; a los familiares, llanto; a los muertos, tiempo. Más de cien días para repasar una y otra vez tu muerte, para escupirla, para pensarla, y deshacerla y regresarla, y maldecirla y encarcelarla; más de cien días para preguntarme hasta el cansancio por qué me llamaste aquella noche, una noche antes de que te mataran, por qué me llamaste, Katherine, por qué tan tarde, por qué tantas veces, y preguntarme también hasta el cansancio, Katherine, por qué no contesté, por qué me quedé mirando el teléfono, sabiendo que eras tú, y no quise contestar. ¿Qué ibas a decirme esa noche, Katherine? Me lo he preguntado hasta hartarme, y hoy, más de cien días después de tu muerte, entiendo amargamente que nunca he de saberlo, y que no vale la pena preguntármelo más.
Hay tantas piezas que no encajan en el rompecabezas de tu muerte, Katherine, que ha sido duro tener que lidiar con ello. Tal vez no me corresponde a mí ponerlas, tal vez mi parte, aunque sea mínima, está hecha. Yo seguiré haciendo lo que se pueda, y tú Katherine, tú simplemente ya no estás. Y si no cumplimos lo dicho, y si dejamos pendiente alguna palabra, o si nos quedamos con un manojo de dudas o de besos, todo está saldado.
Nada me debes, Katherine.
Nada te debo.
Estamos en paz.
Saint Paul, MN. Febrero 2008.

Qué guardadito te lo tenías. salí a buscar porno y me encontré tu blog. Yo acabo de empezar uno, a ver si los hermanamos
ResponderEliminarwww.retonodeloreprimido.wordpress.com
No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió.
Nos estamos viendo por el café